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P. Leopoldo Sánchez Pérez

Continuamos con nuestra reflexión en torno a los planteamientos pastorales que nuestro Arzobispo Carlos Garfias nos compartió en la homilía de su toma de posesión.

Una pastoral transformadora de la realidad

Nos dijo el Sr. Arzobispo: “Si bien esa violencia es producto de muchas distorsiones sociales y la acción incontrolada del crimen organizado, no se escapa el hecho y lo asumo como un desafío, de que en este entorno ha faltado la acción decidida de los cristianos, que no hemos sabido responder a tiempo y con fortaleza a la desintegración del tejido social, no hemos sabido dar un testimonio eficaz y vivo de la misión y evangelización que el Señor nos ha encomendado en este mundo”.

A partir de estas palabras nos podemos preguntar ¿Qué tanta decisión o empeño profundo hay detrás de nuestras acciones pastorales? ¿No estaremos viviendo un sopor en nuestra labor evangelizadora, en la que tenemos una semiconciencia de la realidad? ¿Estamos incidiendo en el devenir social de nuestro pueblo?

Quizá en conveniente reconocer con sinceridad y humildad que hemos sido omisos en muchos casos. Como Iglesia en conjunto no hemos tenido la capacidad de reaccionar de manera contundente ante situaciones que clamaban una valiente presencia, una palabra orientadora y una acción liberadora.

La falta de contundencia y pasión en nuestra labor evangelizadora puede tener como raíces, entre otras, la inseguridad personal e institucional, la indiferencia o apatía y la falta de compromiso real con nuestra gente. O quizá estamos sumergidos en un activismo que nos va llevando a un ritmo que nos va haciendo perder la conciencia de nuestro entorno y nos hace incapaces de cuestionarnos.

Nuestra omisión o reacción pobre ante las situaciones va desdibujando el rostro de una Iglesia profética, de una Iglesia que no se cansa de luchar, de intentar, de buscar alternativas aún cuando parece que se está ante realidades inamovibles. Estamos llamados a ser el pueblo de la esperanza que pone toda su confianza en el Señor y cree en la acción recreadora del Espíritu.

Nuestra pastoral diocesana tiene que repensarse para poder incidir más en la historia de nuestro sufrido pueblo. No podemos ser una comunidad cristiana sorda, muda y ciega cuando las madres lloran por sus hijos desaparecidos, cuando se vive la angustia de que el salario cada vez alcanza menos para cubrir las cada vez más necesidades.

Si logramos hacer que nuestra acción pastoral llegue a ser cada vez más una fuerza transformadora de la sociedad estaremos cumpliendo plenamente nuestra misión de ser principio y germen del Reino de Dios en este mundo. Estaremos siendo verdadera sal y luz brillante que destierra del amado pueblo de Dios las tinieblas de la violencia y la injusticia.