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San Juan dice en el Evangelio: “Llegará el día en que el Hijo del hombre será glorificado”.

En la Vigilia Pascual que precedió a este domingo, se entonó un himno bellísimo, llamado el “Pregón Pascual”, en que se invita al Cielo, a la tierra y a la Iglesia, a brincar de gozo por la Victoria de Rey tan poderoso (Cristo), porque nos llenó de luz su presencia, y porque la Iglesia exaltó la misericordia del Dios Omnipotente. Este himno, en tono dulce y místico, anuncia el establecimiento de la Nueva Alianza, que, anunciada a Abraham, figurada en la salida del Pueblo de Israel de la opresión de Egipto, y que Cristo con su Sangre certifica y consagra.

El esquema litúrgico que se presenta en este domingo exalta los tres motivos de la alegría que nos presenta el pregón pascual. Los Hechos de los Apóstoles, la Carta a los Corintios y San Marcos, hermosa trilogía que nos habla con mucha vivencia del Milagro de la Resurrección del Señor.

El autor de los Hechos nos grita con mucha viveza lo que San Pedro decía a la muchedumbre: “Ya saben ustedes lo sucedido en toda Judea, que tuvo principio en Galilea... Nosotros somos testigos de cómo lo mataron colgándolo de la Cruz, ¡pero Dos lo resucitó al tercer día”.

San Pablo, imbuido en la mentalidad judaica, habla a sus fieles del “Cordero Pascual”, en estos términos: “Celebremos, pues, la fiesta de la Pascua, no con la antigua levadura... sino con el pan ázimo, que es de sinceridad y verdad”.

San Marcos dibuja el acontecimiento del Resucitado, en forma muy viva: “Transcurrido el sábado, María Magdalena, María la madre de Santiago y Salomé, fueron al sepulcro a embalsamar a Jesús... El primer día de la semana se dirigieron al sepulcro... encontraron la piedra quitada y entraron, peor no estaba Jesús, sólo un joven que les dijo.... Buscan a Jesús de Nazaret, no está aquí, ha resucitado”.

¡Qué hermosa exclamación del aleluya!, pues es grato que los cielos, la tierra toda y la Iglesia que somos los bautizados y redimidos, lo digamos con énfasis y orgullo: “¡Resucitó Cristo!”