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† Alberto Cardenal Suárez Inda, Arzobispo Emérito de Morelia

“Política” es una palabra que usamos frecuentemente y, en tiempos como este año electoral, el abuso arriesga desgastar su significado. Es oportuno recuperar el sentido originario de la política. La “política” indica las cosas de la polis. Y la polis indicaba, originalmente, el espacio amurallado al cual, en momentos de peligro, corrían a refugiarse los habitantes de aldeas no fortificadas. Posteriormente, la muralla dejó de ser el elemento distintivo de la polis, tomando su lugar las normas y leyes.

Si en un principio las murallas protegían del mundo salvaje externo la vida de los habitantes, posteriormente fueron las leyes de la polis las que protegían el desarrollo de la vida humana del mundo egoísta del hombre. En breve: la política custodia la vida verdaderamente humana frente a los peligros externos e internos.

Así que la política desde sus orígenes está al servicio de la persona, de las familias y la sociedad, custodiando la vida humana plena. Lo contrario, el servirse de la sociedad, familias y personas para fines egoístas de quien se dedica a la política, es una aberración que atenta contra el sentido de la política misma.

¿Qué se requiere para un ejercicio responsable de la política? Sin duda la virtud ética. Virtud que no consiste en cumplir rígidamente una ley, pues se pueden dar leyes que manden algo injusto o que prohíban hacer algún bien. No es pues una virtud del tipo fiat iustitia et pereat mundus (‘hágase justicia, aunque el mundo perezca’).

La virtud ética implica una sabiduría práctica que reconoce límites y oportunidades. El primer límite corresponde a la propia perspectiva que, aunque sea amplia, no puede abarcar todo. Es importante escuchar y comprender otros puntos de vista. El soliloquio político es un defecto moral que indica pereza mental o soberbia. La virtud política de reconocer el momento oportuno es vital, pues no todo es posible siempre ni todo lo posible es conveniente (piénsese en los presupuestos).

Este quehacer político atañe a los gobernantes en particular, pero también al resto de los ciudadanos. Por ejemplo, los padres de familia custodian el bienestar social de la sociedad, mediante la educación de los hijos en casa. Los hijos, cuidando el orden y belleza de la casa, colaboran a la vida plena de toda la comunidad.

Los gobernantes son responsables de crear espacios públicos que favorezcan, como propone el Papa Francisco, el encuentro y no la separación, la participación y no la exclusión, la dignidad de todos y no el descarte de los menos favorecidos.